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Aprende a Amar el Plástico

Lectura, un hábito que por la falta de tiempo he hecho a un lado. Hace unos meses un poco de dinero adicional llegó a mi cartera; en aquél momento recorría una espiral de autodestrucción, lo que no destiné para mis hijos, lo dilapidé en alcohol, marihuana y toxicidad. 

Tuve un momento de claridad, el ojo del huracán. Acudí a una librería, buscaba el curso de semiótica de Eco: agotado. Más cerveza, pensé. Antes de salir recorrí los pasillos, quizá podía recuperar el Luna Llena en las Rocas de Xavier Velasco pues mi primera copia la había malbaratado en un lote de buenos libros cuando recorría un camino más difícil, de hecho el camino que me llevó a ese momento. Luna Llena en Las Rocas: agotado. Putísima madre, pensé. La autodestrucción me seguía guiando a la tienda donde venden tres caguamas por cien varos. Una última revisión al pequeño estante dedicado a la literatura mexicana antes de salir.  Hasta abajo, como un secreto bien guardado, escondidos para mí, o eso quise pensar, un par de libros: La biblia vaquera y Aprende a Amar el Plástico de Carlos Velásquez, a quién leí por primera vez en el periódico La Razón.

De la Biblia Vaquera hablaré quizá después. Toca el turno a Aprende a Amar el Plástico, compilación de aventuras, crónicas, relatos, historias de vida, o como se les hinche la gana decirles. Las constantes son la droga, el hedonismo, una vida a la cuál algunos llamarán mala, por cierto, casi siempre una mala vida inspira a buenos relatos y mejores lecturas. Es admirable el ritmo de vida de Charly, como seguramente le dicen sus amigos, para algunos envidiable, para otros, quizá, detestable. Cuando lo leí por primera vez, no pude sino sentir empatía y deseos de seguir ese ejemplo, aunque, a mi manera, en ese momento, lo estaba siguiendo, cashi shin querer.

No sé si las coincidencias existen, si fue el destino, la casualidad, los átomos que se sincronizan en ciertas situaciones para vibrar en la misma frecuencia y puedas encontrar eso que está en tu mismo estado de ánimo; en mi caso, la vida loca llena de drogas y rockanroll me puso frente a la obra de Carlos Velásquez. Entrelazamiento cuántico le diré para estar acorde con los tiempos.

Visitas a conciertos, festivales, teibols, fastidiosas tardes lluviosas y con tráfico en la Ciudad de México, tepito… Cada uno de los 17 relatos editados por Cal y Arena son, por decir lo menos trepidantes (al fin utilizo esa palabra), odas a la música, a la cocaína, a los dealers, a la vida, chingadamadre.

Uno de mis autores mexicanos favoritos, sin lugar a duda, junto a Xavier Velasco, Parménides García Saldaña, Luis Spota… Carlos Velásquez y su estilo es como estar leyendo Rock o Punk, sin miramientos, sin miedo a la censura, real, crudo, chingón.

Busquen su obra, leanlo en La Razón, búsquenlo, o mejor dicho, al igual que yo, dejen que él los encuentre.

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