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Semana de Perros

Donde Todo Comenzó

Hace casi 3 años, estaba perdido, cansado, fastidiado de vivir. Una constante, al parecer. En ese entonces buscaba paz para mi alma. Trabajaba en la Col. Juárez, era viernes, salí fastidiado, harto, confundido. Caminé al parecer sin rumbo, buscando un refugio. Fuí por Reforma, tomé Av. Juárez, llegué a la calle Madero. Casi dónde inicia, pasando la Torre Latinoamericana hay una iglesia, una capilla, el templo expiatorio San Felipe de Jesús. No sé por qué, pero llamó mi atención. Entré, el bullicio del exterior no permitía el silencio que generalmente hay en las iglesias, sin embargo era suficiente para poder quebrarme a gusto.

Hacía mucho tiempo no entraba a una iglesia, mi catolicismo comenzó más por enseñanza familiar que por verdadera convicción. Quizá por la vibra del lugar, la energía de la gente, o qué se yo, me rompí, lloré, sentí como cuando era un niño, con miedo, vulnerable, ¿por qué asocio al miedo y a la vulnerabilidad con la edad? escuché la homilía, habló de quererse, de que no podíamos querer a Dios sobre todas las cosas, si no nos queríamos a nosotros mismos, ¿cómo querer a un ser superior, o incluso a otra persona, si no sabíamos profesar ese sentimiento a quién vemos cada día frente al espejo? Justo en este momento lo recuerdo y me duele haberlo sabido y aún así, llegar a éste punto.

En un lapso de quizá un mes, volví a asistir a ese templo, y a otros más, curiosamente las lecturas de una u otra forma me ayudaban en esos momentos.  Pero al parecer eché ese aprendizaje en saco roto. Pues no pude mantener conmigo a mi gran amor. Nuevamente el auto sabotaje, nuevamente yo, destruyéndome, causándome mal, causándole mal. Pero al parecer fue en una escala grande, épica. Tratar de describir lo malo que hice sería endulcorar mucho mis acciones, mi actitud. Soy el malo en una historia bien contada. 

¿Qué pasó después de entender lo malo que he hecho? regresar a donde todo comenzó, a aquella iglesia, en la cuál pedí por su bienestar, porque estuviera bien, porque yo pudiera ser quién la cuidara. Y estar ahí, me partió nuevamente, me quebré, intenté llorar, mucho, pero con tanta gente, no pude explotar como lo hubiera querido. Esa noche la homilía habló de esperar, de ser paciente, de no apresurar el favor de Dios, o del Universo si así lo quieren ver. No presionar para que las cosas sucedan, porque la Fe es paciencia, es estar listo para cuando llegue el momento de recibir ese milagro, esa acción bondadosa. No me mal interpreten, no es dejar todo al Universo, a Dios, a la Magia, es actuar con paciencia para esperar de la mejor manera cuando llegué lo que queremos, y al mismo tiempo prepararnos para seguir adelante si nunca llega. Se trata de mejorar cada día, aceptando lo que tenemos, prepararnos para lo que vendrá, y dejar ir lo que ya no va con nosotros. Aceptar, sin conformarse, pero también luchar por ello, entendiendo cuando perdemos. Vaya dialéctica la de la paz mental y espiritual. ¿Rendirnos peleando? no, aceptar no es rendirse.

La nochebuena la sobreviví en estado etílico, ebrio, olvidando las cosas y contando mis historias a las nuevas generaciones: sean sinceros, no sean hijos de perra con las mujeres, no sean hijos de perra con quién aman, no se burlen, no jueguen con sus corazones, no sean como yo. ¿Qué vendrá después? irán viendo cómo envejezco y me quedo solo por mis acciones mal encaminadas? ¿o  verán que he aplicado lo aprendido en este tiempo? Espero sea la segunda opción, el haber aprendido, ser mucho mejor persona de lo que he sido en estos últimos meses. Si estoy sólo o no, es lo de menos, de momento quiero estar bien conmigo. Y llorar hasta sentirme mejor…

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