Es bueno regresar a los clásicos, me refiero a la música hecha en los tiempos del MySpace y el mensajero de Hotmail. Cuando la vida para el que escribe estas líneas era prometedora, aunque no exenta de baches como el que provocó mi encierro aquella lejana tarde de sábado. Imaginen a un veinteañero con el corazón roto y sin idea de qué hacer en la vida, algunas cosas cambian muy poco con el tiempo.
¿El lugar? Distrito Federal, delegación Iztapalapa, 09620 el código postal. Un pequeño cuarto con un ropero y una cortina impidiendo la visibilidad y proveyendo oscuridad la cual era rota por un tenue rojo emitido gracias al foco de pocos watts atornillado en el socket. ¿El estado de ánimo? Tristeza aderezada con melancolía y confusión. Por algún motivo necesitaba sentirme más abajo, tocar fondo, llegar al punto más profundo, tan hondo que la presión aplastara cada centímetro de mi ser. Grave error pues nunca se está lo suficientemente hundido, siempre se puede ir más lejos en el abismo, eso lo descubrí hace no mucho.
Me dolía el amor, me dolía el desamor, me dolía haber dejado esa incertidumbre sentenciada con aquellas palabras que el tiempo se encargó de llevar y quedaron superadas gracias a dos o tres marcas en mi piel. Miraba el techo, el foco, mi mano, mi interior, mi desesperación. Aunque no estaba sólo, una cajetilla de cigarros estaba ahí para darme compañía, quizá efímera, pero con mi historial reciente no podía aspirar a más.
Necesitaba música, encendí la pc, abrí el iTunes, aquel programa gratuito de Apple, era perfecto para gestionar la biblioteca musical. Busqué la música legalmente obtenida (guiño) y encontré La Nada, de Carlos Ann. Perfecto, pensé. Procedí a dar dos clicks, apagar el monitor y perderme en el humo.
Después de la luz, no quedó nada, así inicia El Ocaso de la Nada y los 11 tracks que componen el álbum. La Nada es una invitación a la introspección, a enfrentar buena parte de los Demonios originados entre la soledad, el desamor y la decepción. Una lucha difícil con buenos y malos momentos que nos dejan cicatrices o heridas incurables. No puedo evitar, por ejemplo, en Maldito Viernes, una oda a esas relaciones destructivas, tan malas para ambas partes, sí, pero por desgracia no tomamos conciencia de ello hasta muy tarde pues eso que nos hace daño lo hacemos pasar por algo bonito, “Me clavó sus espinas y el veneno entró en mí, y nos proclamamos irresponsables, disfrazamos al dolor, lo emborrachamos, y su aliento es mi droga”. A partir de ahí narra las experiencias con esa rosa y su ausencia que deja destrucción y dependencia cuando hay que tomar distancia, y sigo citando: “ella me recordó que vale la pena vivir, ¿qué es el vivir sin la totalidad de ti?”
Más adelante, para acentuar esa ausencia, El Pozo del Lamento, enfrentar totalmente esa partida, maltrecho, con heridas a flor de piel, una joya de canción. Y para terminar: Ateo, una auténtica obra de arte, le llamaré poesía a falta de mejores palabras. Una buena manera de terminar el disco y quizá la vida de quienes enfrentamos alguna vez la resignación o La Nada.
Les recomiendo escuchar La Nada de Carlos Ann, en la más profunda de sus soledades, con suerte, quizá llegue un demonio a revelarles una verdad: Lo que han vivido, ha de repetirse una y mil veces…


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