Mamá, te voy a confesar algo que quizá no sepas, pero sospechas: Yo fuí un licántropo, un noctívago, un habitante de la noche. Me codee con demonios de la más baja estirpe, en los peores lugares. Pero aquellos seres proscritos, me abrazaron, me cobijaron, recibí consejos, me enseñaron el arte de tentar a sus contrapartes divinas. Quizá con más intentos que triunfos, pero con mucha diversión en el transcurso.
Papá, yo nunca te pedí una moto, no tanto por saberme indigno de ella, sino por los múltiples sueños que vaticinaron mi muerte, arriba de una Kawasaki Ninja color rojo cabalgando a una velocidad brutal sobre viaducto, o alguna de las avenidas que recorrimos en el viejo Ford K.
Perdón si utilicé a mis figuras de acción para que pelearan entre ellas, no por la paz, ni el dominio del mundo o evitar alguna catástrofe, sino por organizar la última gran fiesta antes del inminente apocalipsis.
No fui un niño común, tontamente me urgía crecer para ver el otro lado de aquellas puertas sobre la avenida Pantitlán coronadas con un letrero tan breve como enigmático cuya composición monosilábica hacía su significado complejo: BAR.
El Libro, mi historia.
Hago éstas confesiones pues releí Luna Llena en las Rocas, libro más de invitaciones que de relatos, escrito por Xavier Velasco, una de las promesas cumplidas de la literatura mexicana, y si el nombre les suena, seguramente es porque han escuchado de Diablo Guardián, premio Alfaguara de novela 2003. De hecho después del Diablo, busqué más obras del autor, junto con Pronóstico del Clímax me hice de Luna llena en las Rocas, siendo éste último el que cambió mi forma de entender la noche; gracias a él, asumí mi rol de habitante nocturno, la mejor hora para hacer cualquier cosa, sobre todo, vivir.
Aquella primera vez, cuando recién entré en los 20 se hizo una de mis lecturas favoritas, inspiró palabras, salidas, encuentros, me acompañó a veces como manual, otras como advertencia, casi siempre como secuaz. Las historias narradas y protagonizadas por Xavier Velasco tienen una co protagonista, una cómplice: La Ciudad, siempre aliada de la noche, nunca enemiga, pese a las creencias de los puristas del turno diurno. A lo largo de 35 relatos y un encore, convivimos con habitantes nocturnos de toda clase, divas divinas, travestis transfigurados en reinas, meseros cómplices, mujeres de naturaleza o de ocasión, alcohol, música, placeres y tropiezos. La ciudad y la noche son inagotables fuentes de aventuras, mientras más abajo va el sol, más divertidas se tornan éstas.
Ésta lectura no solo me hizo anhelar aquellos días, me hizo sentir satisfacción por haberme permitido veladas lejos de casa en compañía de seudo rusos, suecos o suizos que hablaban un inglés tan malo como el mío, sin que eso fuera impedimento para pasar una buena noche en compañía de un whiskey comprado en la Bodega Aurrera. También me ayudó a entender un poco mi naturaleza, pero ojo, no se confunda con inmadurez, pues es algo más allá, es una forma de entender el mundo, vivir de noche no solo es alcohol, fiesta y problemas, también es tener una perspectiva distinta, se piensa distinto porque el mundo se ve distinto.
Encore
Un proscrito, un noctívago, un fuereño, así me sentía, así me siento, tachado como entonces de irresponsable, conformista, mal padre, mal empleado, mal hijo, mal novio, mal todo. Señalado por los errores, nunca reconocido por los aciertos, si acaso ha habido alguno, luchando contra las comparaciones, contra lo que no soy, contra mi mismo.
La lluvia cae, recuerdo aquellas noches en las que llegaba a casa después de una fiesta para hojear mi libro favorito, pensando en la Conexión Noruega, en mis propias historias, mis propios bares, mis propios amigos nuevos. Porque, eso nunca falla conmigo, en cualquier bar, tugurio o lugar clandestino, alguien se acercaba a compartir su vida conmigo. ¿Equilibrio? ¿regreso? ¿rendirme ante aquello que está enclaustrado? De momento Luna Llena en las Rocas satisface al licántropo, al verdadero yo, pero ¿por cuánto tiempo?
Mujeres que amé, a quien amo, también perdonenme por tantos disgustos, inconvenientes, tropiezos soportados, y por no poder poner a raya al licántropo. Nunca pude dejar de aullarle a esa Luna llena en las Rocas.


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