Off Line
Me sorprende que nuestros antepasados no se hayan vuelto locos. Lo digo específicamente por la ansiedad de estar desconectado. Un error de cálculo, y no tener un plan telefónico de renta mensual, me han dejado sin saldo, sin internet, sin entretenimiento.
He tenido que lidiar con mis pensamientos, con la realidad, con el presente, que según dicen es una ilusión, me refiero al cómo lo experimentamos, siempre con algunos milisegundos de diferencia. Sin música o algún podcast, las voces, o mejor dicho, mi propia voz, qué es la que escucho, comienza a hacer reclamos, ¿Por qué estás ahí? ¿Por qué no das el gran paso? ¿De verdad quieres terminar así tus días?
No sé que responder, y quizá no debería hacerlo porque tiene razón. Así que pienso ¿cómo no tengo música de respaldo? Tuve un plan premium, el familiar, pero me sacaron de él, quizá porque después del rompimiento la familia se deshizo, al final, mea culpa, lo asumo.
Entonces sin poder descargar música, sin internet, sin canciones en mi celular, sin un dispositivo alterno para darle a mis trompas de Eustaquio, martillo, yunque, fragua, fundidora, taladro y demás herramientas que hay en mi oído algo más alla de las quejas del lunes, del fin de semana, del mes, de la pinche vida entera.
Aquí viene un apunte que creo pertinente mencionar. No siempre busco evitar mis problemas, pero los lunes, los pinches lunes me da por cuestionar todo, además son mis días con mayor debilidad, por eso me pesa tanto.
Regreso al punto. Hace años me deshice de mis discos, un sobrino comenzaba en ésto del rock y me pareció buena idea compartir y heredar en vida el valioso tesoro de la música. En ese entonces no era tan fetichista, ni fanático del objeto porque tenía respaldos digitales de todo. Lástima, se perdieron.
Ahora tengo un propósito, recuperar mi modesta colección, comprar de nueva cuenta discos físicos y respaldarlos para escuchar en días turbios como el lunes en qué escribo ésto. Volver a sentir el aroma de un disco nuevo, del librito, la textura y ruido del celofán al romperlo con ansias, el sonido al abrir la bandeja, colocarlo con cuidado y esperar esos primeros acordes.
Por la mañana, quizá por la somnolencia, el trayecto fue menos pesado, no sentía la desesperación que siento al regresar a casa. Aprieto la mandíbula, pierdo la paciencia, no hay nada que me distraiga. Pienso, pienso, pienso. El metro se detiene, cómo escribí hace poco, ley de Murphy. Un suspiro, desesperación, y un camino que se prolonga.
Sin datos, sin música, si algo para leer. No haré la pregunta hasta estar en casa porque si lo hago ahora, una serie de eventos se presentará. Paciencia, puta palabra, fácil de decir, difícil de traer a éste mundo tridimensional.